Llovía, no era el mejor día para pegar carteles de Piaf. Yo sentía la necesidad de ir mil y una veces al Parque Centenario porque en esos momentos de ansiedad toda idea que aparezca se convierte en presentimiento. Alguien nos había dicho que habían visto a Piaf rondar por ese lugar y allí estuvimos por décimo tercera vez. Desde que se extravió Piaf voy por las calles silbando como le silbaba a ella en la montaña, porque estoy seguro que en algún momento reaccionará, rasgará la puerta de donde esté o vendrá corriendo hacia mí desde cualquier calle. Ese día, el 30 de noviembre de 2014, planeábamos darle la vuelta entera al Parque Centenario, poner carteles en todos los postes, en cada Canil, al lado de todos los tachos de basura, nada podría interrumpir la brigada. Nada, excepto él. Ya dentro del parque, vi cruzar un/a perro/a negro/a, caminaba lento, buscando comida en el piso o simplemente olfateando el lugar. Juraría que era la primera vez que estaba allí. Silbé. De lejos se vi...
Estuve leyendo cartas, viendo fotos de amores pasados, recordando momentos. Estuve dando un vistazo a mi pasado y me descubrí tan otro, tan distinto a lo que hoy soy. Me reconocí en ese tipo al que las ilusiones lo sobre poblaban, yo era ese que salió de su país con la firme intención de probar cosas distintas, de conocer otras caras, de alejarse de toda comodidad, de olvidar desamores acumulados. Yo le pedí esto al universo, sin saberlo, y aquí estoy: implorando que termine o mejor gritándole que ya aprendí, ya conocí, ya sé. Estoy cansado de que me pasen las malas cosas que uno siempre pensó que nunca le iban a pasar. Y aunque parezcan una queja, estas letras lo único que intentan es convertirse en clamor. No quiero volver atrás, estoy seguro de ser más humano hoy. No hay momento más sincero para el ser humano que cuanto el dolor lo acompaña; es entonces cuando la percepción del mundo cambia y con solo recordar una palabra, se activa la melancolía. No tengo otra manera para...
Quiero matarlos a todos y que sólo quede la última parte de cada uno, esa misma que suspiró antes de decidir no volverse a enamorar. Quiero que todos mueran por ser cobardes, por vencerse antes el miedo del desamor. Que se acabe el mundo, que no existan más humanos incapaces de amar por sobre todas las cosas. Los odio a uno por uno, los detesto en sus máximas presentaciones de rebeldía. No necesitamos que nos habiten esos corazones rotos y pueriles que se resignaron a no volver a querer. Tanto lugar común habitado por tanta gente inútil que escogió no sufrir cuando al sufrir es cuando más evolucionamos. El amor no duele, estúpidos, lo que duele es el desamor; bien que disfrutan cuando alguien les prueba mediante una puta llamada que no están solos. Putas, putos, cobardes, son todos como puertas de salidas fáciles que permanecen siempre abiertas cuando lo único que quieren, en el fondo, es cerrarse para dejar adentro a ese único otro que sí puede corresponderles por una semana,...
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