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Lunes.

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No me gustan las cosas perfectas porque del aburrimiento huyo. Soy adicto al agua, pero alguien ha tenido a bien cortarla para curar algún arreglo de la ciudad. Buenos Aires es como la Bogotá de los noventa, ignorante en el aseo callejero, lleno de sitios bohemios y sin otro interés que el personal. Y eso no está mal, es sólo que ya lo viví. Tengo, entre ceja y ceja, escribir una comedia, pero ando sin sentido del humor, soy todo el lugar común de alguien que pretende escribir y hasta eso me harta. No es suficiente ir a la tragedia para hacerla comedia. Es como si buscara hacerme reír a mí mismo, en lo que soy prolijo porque nadie me divierte como yo (egoísmo cínico), pero tampoco lo consigo. Estamos en invierno y el clima se comporta tan bipolar  como los adolescentes que quieren llamar la atención, como cuando uno tenía que ir a una fiesta, pero no lo dejaban; asimismo me pongo una chaqueta y hace sol. No importa, tampoco entiendo el símil o la comparación y eso no es pecado...

Lo Irreprensible

Qué inexplicable resulta la muerte. Qué contrariedad embarga el hecho de suicidarse. Oscilar entre la valentía y el ser cobarde. Qué complicada es la vida que uno no quiere, madre. Qué difícil es darse cuenta que no se es útil más que arriba de un escenario y, lo mejor, no querer ser útil fuera de él. Qué poco hábil es no permanecer en la inercia de los sentimientos. Qué sagaz es la suerte al provocarnos con vituperios. Hay una profecía en mi camino: “cuidaré la muerte de un hermano de la vida, correré hasta su enfermedad para ayudar a espantarla. Habrá mucho dinero en mi bolsillo, a mi nombre, sobre mí. Tendré, en la tercera luna, un cuerpo que no olvidaré jamás porque siempre me abrazaré a él. Saldré en grandes pantallas hablando en otro idioma”. No puedo esperar, madre, no quiero hacerlo. Porque impaciente soy y aunque me pierdo en la húmeda Buenos Aires, tengo claro a dónde no quiero volver: a los brazos de la inutilidad. Mátame madre, acaba con la poca...

A propósito de canciones que inspiran amar o a propósito de nada.

Quiero un amor a lo Lonely Avenue, pero con la versión de The Brian Setzer Orchestra, las otras me suenan a nostalgia y ésta invita a soñar. Quiero enamorarme como cuando ignoraba tanta putrefacción y soñaba. Cerraba los ojos e imaginaba unos labios alrededor de los míos. Caminar por la calle una noche, con la lluvia como único testigo. Darme besos sin pensar si durará toda la vida o tan solo mientras despierto. Alguna vez me reuní con uno de esos amores a los que les debo tantas alegrías y me dijo que me admiraba porque yo no había dejado de creer. Cuatro años después me descubro ateo de todo, hasta de mí y no estaría mal volver al lugar de partida. Arriesgarse a hacerse daño, a apasionarse con un cuerpo como sólo yo pude haberlo hecho antes. Pero ya estoy grande y cuesta desmantelar tanto vicio. Estoy pensando de más y es culpa del tiempo libre, tengo tanto de sobra que ya me estorba. A veces hasta busco pelear con el silencio para que al menos se vuelva incómodo y no tranqu...

Piaf, el tedio y yo.

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Quiero llorar, pero no tengo penas. Quiero llorar, pero tampoco alegrías. Quiero llorar, pero sin fundamento. El tedio se convierte en mi aliado, Piaf no le ladra. ¡Qué mal ser! Debería gruñirle apenas lo presienta, pero ella está ocupada durmiendo. No lo siente porque es inmune. Sí que nunca se aburre y cuando lo hace, simplemente va hacia el tapete de la entrada, gime o ladra, llama mi atención y empieza la aventura de correr por las calles olorosas a putrefacción. Abajo no hay más que olor a orina y a residuos de viejas y nuevas basuras. Desechos de la vida perfecta que a cada quien le gusta pintarse de las 8 horas del día. Ahora me mira como preguntándose a qué nuevo parque la llevaré mañana. Ha roto la alfombra del departamento, ha rasgado con todas sus fuerzas el piso y me ha dicho en acciones que está aburrida, que anhela las montañas, el frío, el olor a estiércol , la chimenea, la piedra que bota agua. La miro a los ojos, los más bellos que Dios, el azar, el ...

Menarquia del viajero.

“Todo es siempre la misma vaina, los desayunos se repiten cada mañana. En mi historia giran cuatro ruedas, para mí se abren las puertas”. El tiempo pasa volando, aunque como a Dios, nunca lo vemos. Se hace necesario recordar lo que una vez empezó por ser un estímulo, una decisión, una motivación y que, con el pasar del mismo Dios tiempo, se olvida. En conversaciones sobre mi futuro, tuve un freno de tanto plan: ¿POR QUÉ ME VOY? Me voy. Estoy cansado de ser yo mismo en el mismo lugar. Le huyo a la rutina como desde hace treinta y tres año lo hago. Porque no quiero envejecer en mi zona de confort, porque estoy muerto creativamente, porque mi cuerpo clama por nuevos retos. Cansado está el cerebro de analizar las mismas situaciones, de pensar en las mismas personas. Si no lo hago ya, no lo haré nunca. Es momento de ser egoísta y dejar atrás tanto cariño reflejado en miles de personas, en mi madre a quien le debo mi estadía en este lugar, pero me voy. No hay marcha atrás. Y...

Llamado a grito herido, Madre.

¿En qué momento empecé a cargar con la culpa de desear querer? ¿En realidad soy yo o simplemente obedezco al capricho de mis impulsos? No recuerdo haber querido tanto estar sobre otro cuerpo más que ahora. Cuando era niño no me imaginaba la dependencia que el sentir iba crear en este cuerpo lánguido. Me he equivocado tantas veces que estoy empezando a enamorarme de los errores, por estar esperando el acierto. ¿Qué hay en mí, madre, que no me deja respirar en paz sin estar compartiendo lo que siento? En las noches de soledad mi peor enemigo son mis emociones. Es de noche, madre, cuando vienen a casa y se siente vacía, invaden cada rincón, cada esquina de mi cama, es este maldito anhelo de besar y ser besado. Quiero cambiar de cuerpo por uno que no viva cada vez que muere de amor. No muero de amor, tengo la paz de la soledad y es ahí cuando me siento muerto. Muerto en la muerte. Mis recuerdos se ríen de mi ahora quinceañero pensar. Mátame, madre, dispara con una de e...

Wings.

No hay frío, el calor no es mucho, pero de algo sirve la calefacción que me produce recordar su boca. Tal parece que la vida me muestra la necesidad de fijarme en mí, por primera vez. El poder de relegar mi atención y que se pose sobre planes futuros ahora es mío. He olvidado, he perdonado, he besado, he abrazado, me he lamentado. La noche es insistente, quiere que me aferre al calor que yo mismo produzco, no a otro. O quizá, a uno que está lejos. Yo a usted le besaría todo el cuerpo, me volvería fanático de sus abrazos, de su calor, de eso mismo que ni usted ni yo sabemos lo que significa ni nos interesa descifrar. La noche no sirve para más que para reflexionar sobre lo realizado en todo el día. Yo, por ejemplo, acuso que hoy he pensado en usted desde la palabra hasta la omisión. La misma canción se repite, como en el afán de la adolescencia, y es ahí cuando me descubro sonriendo por imaginar la repetición de estar raspando mi cuerpo con el suyo. Malditas estas man...